Crónica: “Júpiter ya no lanza rayos: ahora programa votos”.

Crónica: “Júpiter ya no lanza rayos: ahora programa votos”.

Crónica de : Jhon Jaiver Flórez G

En la mitología romana, Júpiter gobernaba el cielo a punta de rayos; en la política colombiana contemporánea, ese rayo ha sido discretamente reemplazado por herramientas menos épicas y mucho más eficaces: bases de datos, algoritmos, hojas de cálculo y presentaciones donde la democracia entra como principio y sale convertida en comportamiento inducido. La escena ya no es el ágora, sino la interfaz; no hay trueno, pero sí segmentación; no hay Olimpo, pero sí talleres empresariales. Y el ciudadano, lejos de deliberar, es observado, clasificado y —en el mejor de los casos— suavemente conducido, mientras ciertos sectores del poder tradicional descubren, con una mezcla de sorpresa y pánico, que el cielo ya no responde a sus viejos rituales.

En ese contexto, las encuestas recientes —consumidas entre el cinismo resignado y la incredulidad funcional— no solo mueven la intención de voto: irritan las terminaciones nerviosas del poder. Cuando un candidato como Iván Cepeda roza el 44,3 %, lo que se activa no es simplemente la competencia electoral, sino el reflejo condicionado de autopreservación de quienes han administrado el Estado como si fuera una herencia familiar. Ese porcentaje, todavía insuficiente para asegurar una victoria en primera vuelta, pero demasiado alto para ser tolerado con calma, abre una grieta incómoda —ese territorio entre el “casi” y el “todavía no”— donde la política deja de ser cálculo y empieza a parecer sobresalto.

En ese clima, la disputa por el relato avanza con más disciplina que la discusión por los hechos. acciones terroristas en regiones como el Cauca son reinterpretadas con una elasticidad admirable: la evidencia se ajusta, se sugiere o se omite según convenga. La incertidumbre deja de ser un dato y se convierte en herramienta. No importa tanto lo que ocurre, sino lo que logra insinuarse.

El llamado “Proyecto Júpiter” —esa entidad vaporosa que existe con la misma intensidad con la que se niega— no es una anomalía, sino la culminación lógica del sistema. No inaugura nada: optimiza todo. Si la modernidad política prometía ciudadanos racionales deliberando en público, su versión actual prefiere ciudadanos predecibles reaccionando en privado. El tránsito es elegante: del discurso al dato, de la persuasión al diseño, de la ideología a la ingeniería emocional.

No es casual. Desde que Thomas Hobbes entendió que el miedo cohesiona más que la razón, el poder no ha dejado de perfeccionar su administración. Hoy ya no necesita amenazas grandilocuentes: le basta con segmentación precisa, análisis conductual y una lectura quirúrgica de las ansiedades colectivas. El miedo, como cualquier otro recurso, se optimiza. Y en ese proceso, la política abandona la argumentación para abrazar algo más rentable: la reacción condicionada.

La vieja propaganda —ruidosa, visible, a veces torpemente épica— ha mutado en una arquitectura conductual silenciosa. Shoshana Zuboff la describió como la conversión de la experiencia humana en insumo predictivo; Pierre Bourdieu advirtió que el poder más eficaz es el que delimita lo pensable. Júpiter no es un plan: es la aplicación disciplinada de ambas ideas, con vocación de permanencia.

Colombia, siempre creativa en lo discutible, ha sabido adaptar este modelo con entusiasmo. El laboratorio ya no es solo digital: también es laboral, mediático y político. Talleres de “formación democrática” enseñan, con notable sutileza, a sentir correctamente antes de pensar libremente. No hay coerción explícita —sería de mal gusto—, pero sí una coreografía emocional cuidadosamente dirigida. Porque, en la práctica, moldear percepciones resulta mucho más eficiente que debatir argumentos.

El antecedente de Cambridge Analytica alguna vez escandalizó al mundo al evidenciar el poder electoral de los datos. La versión local, en cambio, añade un detalle casi pintoresco: la normalización. Lo que afuera generó crisis, aquí se incorpora con naturalidad, como si la ética fuera una variable negociable y no un límite.

En ese mismo marco debe leerse la ofensiva política y mediática contra el gobierno Petro. Desde el inicio del mandato, las acusaciones han sido constantes, amplificadas por un ecosistema informativo que parece haber descubierto el valor narrativo de la reiteración. Un informe preliminar de observación electoral de la Unión Europea advirtió un tratamiento marcadamente más negativo hacia el gobierno y sus aliados, frente a una oposición curiosamente beneficiada por la moderación crítica.

Pero esta lógica de desgaste no empezó con el ejercicio del poder: viene de antes, afinada durante la campaña presidencial contra Iván Cepeda. La fórmula es conocida, casi artesanal en su cinismo. Ante la escasez de pruebas, abundan las insinuaciones. El episodio de los supuestos archivos de “Raúl Reyes” es ilustrativo: presentado como evidencia incriminatoria, terminó desechado por la Corte Suprema debido a irregularidades graves en su obtención y custodia. Detalles menores, al parecer, frente al valor estratégico de la sospecha.

Más que un error, el caso devela un método: construir relatos que erosionen al adversario hasta que la duda haga el trabajo que la evidencia no puede. No se trata de demostrar, sino de instalar. No de probar, sino de repetir hasta que la ficción adquiera apariencia de verdad operativa.

Y como si el escenario interno no fuera suficiente, la estrategia ha decidido internacionalizarse. La oposición practica una diplomacia peculiar: la de la alarma. Entre visitas a Washington y escalas en Quito, desfilan emisarios lisonjeros que venden un país al borde del colapso, con democracia en cuidados intensivos y crisis lista para exportación. No llevan pruebas —sería un exceso innecesario—; llevan relatos. Y la lógica es impecable en su cinismo: si la realidad no respalda la narrativa, se exporta la sospecha. Si la sospecha prende, cualquier presión externa sirve.

En ese punto, la política abandona definitivamente su pretensión deliberativa y se convierte en una campaña permanente de marketing emocional. La evidencia estorba; la sospecha cotiza. La repetición sustituye la verificación, y la insistencia termina ocupando el lugar de la verdad. Cada semana estrena su propia catástrofe, en una cartelera donde la exageración compite consigo misma.

La ironía, por supuesto, es impecable: en nombre de la democracia se fabrican relatos que la distorsionan; en nombre de la libertad se diseñan mecanismos para administrarla. El voto persiste, sí, pero la voluntad que lo produce empieza a parecer intervenida. El ciudadano deja de ser sujeto político y pasa a ser usuario calibrado.

El momento más revelador llega cuando todo esto se niega. “No existe”, se afirma. Y probablemente sea cierto en términos burocráticos. Pero en política, lo que no se documenta suele ser precisamente lo que mejor funciona. La invisibilidad no es una falla: es el método.

En la superficie, la escenografía sigue intacta: discursos, alianzas, reacomodos. Pero debajo opera otra lógica, menos visible y más eficaz: una en la que los votos no solo se buscan, sino que se diseñan y se instrumentalizan.

Sería tentador pensar en una maquinaria infalible y en un ciudadano inerme. Pero esa explicación, además de cómoda, es incompleta. La manipulación necesita terreno fértil: apatía, inmediatez, pereza crítica. No crea la fragilidad; la aprovecha.

Y ahí la sátira deja de ser suficiente. Porque si la democracia corre el riesgo de convertirse en una simulación eficiente, su defensa no vendrá de regulaciones milagrosas ni de algoritmos éticos, sino de algo mucho menos espectacular: ciudadanos que piensen con criterio.

Al final, la pregunta no es técnica, sino incómodamente simple: ¿qué tipo de democracia puede sobrevivir cuando la voluntad se vuelve programable?

Tal vez la respuesta no esté en desmontar a Júpiter —esa deidad de Excel y segmentación—, sino en algo más rudimentario y subversivo: negarse a obedecer el guion.

Porque si el poder ya aprendió a anticiparnos, la única irreverencia posible es volverse impredecible. Y en un país donde todo parece cuidadosamente diseñado, pensar por cuenta propia podría terminar siendo, paradójicamente, el acto más radical.

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