Cuando el silencio volvió a tener miedo

Cuando el silencio volvió a tener miedo

Hay pueblos donde el tiempo no se mide por los calendarios, sino por las heridas. Pivijay es uno de ellos. Bajo esas calles tranquilas duerme una historia que nunca terminó de cerrarse. Una historia hecha de puertas que dejaron de abrirse, de familias que aprendieron a bajar la voz cuando pronunciaban ciertos apellidos y de noches en las que el silencio era una forma de sobrevivir.

En Pivijay, el silencio nunca fue un silencio cualquiera. Durante años aprendió a caminar despacio por las calles polvorientas, a esconderse detrás de las puertas de madera y a dormirse temprano, mucho antes de que la noche terminara de cubrir los tejados. Era un silencio viejo, construido con ausencias, con nombres que dejaron de pronunciarse y con familias que aprendieron que, en ciertas épocas, preguntar podía costar la vida.

Con el paso de los años el pueblo fue creyendo que el miedo también envejecía.

En este pueblo las nuevas generaciones crecieron escuchando historias contadas a media voz, como si todavía hubiera alguien escuchando detrás de cada ventana. Los sobrevivientes siguieron cultivando la tierra, abriendo sus negocios y asistiendo a misa los domingos con la esperanza de que el pasado permaneciera enterrado bajo el polvo de los caminos rurales y aquellas calles oscuras.

Pero hay verdades —o al menos confesiones que aspiran a convertirse en verdad judicial— que no aceptan el olvido. Basta una declaración para que el tiempo retroceda. Basta una voz y basta un nombre.

Y esta vez la voz fue la de Saúl Alfonso Severini Caballero, antiguo comandante del Frente Pivijay de las Autodefensas Unidas de Colombia, quien compareció ante la Jurisdicción Especial para la Paz después de permanecer dieciséis años prófugo y de haber sido considerado incluso muerto.

En su versión aseguró que comparecía para contar la verdad sobre la expansión del paramilitarismo en el Magdalena y sobre las relaciones que, según él, existieron con distintos sectores políticos, económicos y militares, de manera especial en Pivijay.

Entonces el pueblo volvió a contener la respiración.

Las conversaciones dejaron las salas de las casas para instalarse en las esquinas, en las tiendas, en los mototaxis y en los parques donde el calor siempre obliga a buscar la sombra.

Ya nadie habla del invierno, ni de la cosecha, ni del precio del ganado. Ahora todos hablarán de la memoria. Porque la memoria tiene una manera extraña de regresar: nunca toca la puerta, sigue sin ser invitada y atropella los recuerdos casi olvidados.

En su declaración, Severini reconoció haber participado en 229 homicidios, una cifra que por sí sola retrata la magnitud del horror que vivió el centro, sur del Magdalena y en especial Pivijay, de donde es oriundo y contra quien se ensaño en su carrera criminal y de barbarie. Todos le temían, al colmo que se prohibía mencionar su nombre. 

Pero su comparecencia no se limitó a la dimensión criminal de las Autodefensas. También formuló señalamientos contra dirigentes políticos, empresarios y miembros de la Fuerza Pública, afirmaciones que ahora deberán ser contrastadas por la justicia. Sus declaraciones hoy enmarañan a toda la clase política local de Pivijay, desde alcaldes, concejales y amigos personales del excomandante.

Uno de esos señalamientos y quizás el más grave de todo lo que le ha contado Severini a la JEP, y que estremeció los cimientos más profundos de esta localidad, alcanzó al actual alcalde de Pivijay, Jorge Iván Salah. Según el testimonio del excomandante paramilitar, cuando Salah era concejal habría suministrado información a integrantes del Frente Pivijay.

Severini sindicó al alcalde, Jorge Iván Salah, de ser firmante del pacto ilegal que se cerró en ese municipio y estrecho colaborador de las autodefensas para la comisión de homicidios:

“Este señor, aparte de haberse hecho concejal porque llevó su hoja de vida, le suministró a alias Esteban (Tomás Gregorio Freyle, primer comandante militar del Frente Pivijay) mucha información de la zona de Piñuela y Paraíso, de donde es oriundo. Él fue concejal en el periodo 2001 a 2003, repitió en el periodo 2004 a 2007, y actualmente es el alcalde de Pivijay”

En un pueblo pequeño, donde casi todos conocen el apellido del otro antes que su nombre, una declaración como esa no tarda en convertirse en conversación obligada.

Los más viejos bajan la mirada, los más jóvenes preguntan, mientras que las víctimas vuelven a recordar. Y quienes alguna vez sintieron el peso de aquellos años vuelven a experimentar esa incómoda sensación de que el pasado nunca terminó de irse.

Porque el miedo tiene memoria. Y los pueblos también.

Las palabras pronunciadas ante la JEP no condenan por sí mismas a nadie. No sustituyen las pruebas ni reemplazan las decisiones de los jueces. Sin embargo, tienen la capacidad de remover una historia que durante décadas permaneció atrapada entre expedientes judiciales, versiones fragmentadas y silencios impuestos por el terror.

Eso es precisamente lo que hoy ocurre en Pivijay, el paisaje no ha cambiado. El sol continúa cayendo con la misma fuerza sobre las calles y las campanas siguen marcando las horas. Los niños todavía juegan en los parques, pero algo invisible volvió a instalarse entre la gente.

Una inquietud, una incertidumbre, una vieja angustia que muchos creían derrotada por el tiempo. Porque cuando un antiguo comandante paramilitar decide hablar, no solo comparece un hombre ante un tribunal. También comparecen los fantasmas de una región, regresan las preguntas que nunca encontraron respuesta y vuelven los nombres escritos en lápidas. Regresan las madres que todavía esperan saber quién dio la orden.

Y vuelve ese país rural que durante demasiados años aprendió a convivir con el miedo como si fuera parte del paisaje.

Las confesiones de Severini reabren uno de los capítulos más dolorosos de la historia del Magdalena y de Pivijay. De su boca brotan nombre y más nombres, más concejales, más alcaldes, más amigos de fechorías.

El ganadero le entregó a la JEP los detalles de su participación y conocimiento de distintas reuniones enmarcadas en los pactos de Chivolo (2000) y Pivijay (2001), con los que la clase política de Magdalena y el paramilitarismo se fundieron en uno solo.

Y contó que participó de uno de estos encuentros, a finales del año 2000, en zona rural de Pivijay (Magdalena): “Yo estuve en esa reunión, una de tantas que hubo en el corregimiento de Las Piedras. Personas de esos (cinco) municipios entregaban las hojas de vida. Estuvieron los señores Ramón Prieto Jure, Jairo Pabón y Jaime Pertuz. Presencié cómo los aspirantes entregaron las hojas de vida para el periodo 2001 a 2003 en alcaldías y concejos”.

Otro de los puntos claves que le permitirán a Severini lograr su objetivo en la JEP es su relación con el actual presidente de Fedegan José Feliz Lafaurie y esposo de la exsenadora María Fernanda Cabal: “Me consta que el señor José Félix Lafaurie fue elegido por las Autodefensas”, dijo ante la JEP.

Severini está dispuesto a decirlo todo, a confesar lo inconfesable y hasta más, que ni su propio hermano se salvó de la afinada ante la JEP.

La relación con Lafaurie habría sido tan cercana que su hermano Carlos Severini y él le habrían servido de choferes al líder ganadero para que pudiera reunirse con Salvatore Mancuso en Ralito, en compañía de Neyla Soto, famosa por su alias: ‘La Sombrerona’ y que se convirtió en el terror del Magdalena, por ser una máquina de guerra, ya que sus decisiones bañaron de sangre a lo largo y ancho todo el departamento.

Severini también aseguró que la red de apoyo al paramilitarismo alcanzó al extinto DAS y a miembros de la rama judicial. Entre sus señalamientos mencionó al actual juez municipal de Pivijay, Juan Carlos Bonett, a quien señaló de identificar a personas que se atrevían a denunciar el control paramilitar, y al exjuez Orlando Salas Villa, condenado por prevaricato y falsedad ideológica en documento público.

“El juez Juan Carlos Bonnet él se reunía con ellos en la finca La Sombra y él le pasaba información a estos señores de gente que iban y los denunciaban por cualquier cosa, esto me lo dijo el mismo juez, de boca de él yo supe que pasaba estas informaciones”,

Pero su verdadero valor no dependerá de la fuerza de sus palabras, sino de la capacidad de la justicia para verificarlas, confrontarlas con otras pruebas y ofrecer respuestas a las víctimas que llevan décadas esperando conocer toda la verdad.

Porque hay pueblos donde el silencio parecía haber ganado la batalla. Hasta que un día alguien decidió hablar. Y desde entonces, en Pivijay, el silencio volvió a tener miedo.

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