Crónica: San Fernando, el barrio que se construyó a pulso de memoria, agua y montaña.

Crónica: San Fernando, el barrio que se construyó a pulso de memoria, agua y montaña.

Por: Jaime Garcíaromero

En el costado nororiental de Santa Marta, donde la planicie urbana se tropieza con las estribaciones de la montaña, descansa el barrio San Fernando. Visto desde la Troncal del Caribe, pareciera ser solo un tramo más de la Comuna 3 dentro de la Localidad 2.

Sin embargo, al cruzar la frontera intangible de la carrera 20 con calle 2, el mapa plano se transforma en un territorio vivo construido por la fuerza colectiva, la migración y una eterna relación de amor y resistencia con los elementos.

Los orígenes de 1963

Para entender a San Fernando hay que retroceder hasta principios de la década de 1960. Lo que hoy es un entramado de calles de consolidación progresiva fue, en su momento, un terreno al margen de la formalidad, cruzado por la memoria oral de antiguos entrenamientos militares y predios en disputa.

Hacia 1965, la ocupación tomó forma de comunidad organizada. Ante la amenaza constante de desalojos, las primeras familias encontraron refugio legal en la defensa férrea del abogado Fernando Fernández Cuello. En su honor, la comunidad bautizó las calles recién trazadas con su nombre, entrelazándolo de paso con la mística del legendario Fuerte de San Fernando de 1725.

Pero las casas no solo se levantaron con abogados y papel firmado. La verdadera mística fundacional del barrio guarda un capítulo singular: la alianza entre los colonos y los soldados del Batallón Córdova. Un milagro de la convivencia comunal donde la tropa militar y los pobladores pusieron el lomo por igual, mezclando cemento para erigir las primeras viviendas, pavimentar las primeras cuadras y levantar en 1970 las paredes de la Institución Educativa Distrital San Fernando.

El líquido invisible

Si la tierra dio origen al barrio, el agua ha moldeado su carácter. En San Fernando, la infraestructura no es un frío dato técnico; es el eje sobre el cual gira la vida comunitaria y la memoria social.

Durante décadas, abrir la llave en el sector alto significó escuchar un silbido seco. La lucha por la presión del agua llevó al barrio a depender de un sistema fragmentado donde algunas viviendas duraron hasta diez años sin ver una gota por las tuberías convencionales.

La puesta en funcionamiento y recuperación del tanque de distribución por parte de la Alcaldía y la empresa de servicios públicos (ESSMAR) en 2020 reactivó el flujo para un área de impacto que rodea a cerca de 10.000 usuarios.

“Aquí el agua no solo se toma o se usa para lavar; el agua se gestiona, se pelea y se celebra en comunidad. Tener agua en la alberca es la diferencia entre un día tranquilo o un día de zozobra,” comenta uno de los vecinos más antiguos de la carrera 21B.

La Calle Maracaibo

San Fernando no es un territorio estático; es un organismo que respira y cambia. En los últimos años, la dinámica demográfica dio un vuelco con la llegada de familias venezolanas que encontraron en este rincón del nororiente samario un nuevo hogar.

El reflejo más claro de esta metamorfosis socioeconómica se vive en la denominada “Calle Maracaibo”. Lo que antes era una cuadra residencial más, hoy es un pasaje efervescente de integración cultural:

En el barrio podemos encontrar pequeños emprendimientos familiares, servicios de barbería, salones de belleza y domicilios han dinamizado el microcomercio local.

VLas aceras se convirtieron en aulas improvisadas de convivencia donde niños y jóvenes colombianos y venezolanos comparten las aulas de la IED San Fernando y las actividades de la Junta de Acción Comunal (JAC).

San Fernando está profundamente condicionada por su movilidad. Flanqueado por la Troncal del Caribe, las vías alternas y la histórica línea férrea que atraviesa el sector, el barrio funciona como una colmena comercial autosuficiente.

La IED San Fernando, además de impartir clases, actúa como motor económico y cultural al organizar ferias de emprendimiento y la tradicional Semana Cultural, donde las familias exhiben sus productos e impulsan el sustento del hogar.

El golpe de la montaña

Pero la geografía física de San Fernando no perdona. La cercanía con la ladera convierte a las lluvias en una amenaza latente para las viviendas construidas sobre la pendiente.

El 31 de octubre de 2024 quedó grabado como una fecha oscura en el calendario del barrio. Una fuerte avenida torrencial descendió desde la parte alta, arrasando con todo a su paso. El balance fue desgarrador: 132 personas damnificadas y nueve viviendas completamente destruidas.

El evento evidenció la fragilidad de un asentamiento que, a pesar de sus décadas de consolidación, sigue luchando contra la vulnerabilidad ambiental. Sin embargo, también sacó a relucir la solidez de su red social: fue la misma Junta de Acción Comunal y los vecinos de la parte baja quienes lideraron los primeros auxilios y las ollas comunitarias para atender la emergencia.

San Fernando no se puede explicar únicamente a través de polígonos del POT o coordenadas geográficas. Su lectura real ocurre en la intersección de cinco dimensiones vivas: Territorio, Población, Cultura, Infraestructura y Economía.

Desde los soldados que cargaron bloques en 1965 hasta los jóvenes que hoy emprenden en la Calle Maracaibo, el barrio demuestra que la ciudad no solo la diseñan los arquitectos desde los escritorios de planeación. A San Fernando lo diseñaron —y lo siguen rediseñando todos los días— las manos de sus propios habitantes.

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