Por: Alexander Mendoza
¿Quién es el político más atacado de Córdoba? ¿Y por qué tantos ataques contra Luis Fernando Ballesteros? Estas preguntas deberían llevarnos a mirar más allá de los rumores y a entender la disputa política que vive nuestro departamento.
Para quienes acompañamos el proyecto del Pacto Histórico, Ballesteros representa una voz del pueblo frente al poder de la clase política tradicional. Su fuerza nace de ciudadanos que quieren decidir libremente y dejar de depender de las estructuras que durante años han manejado la política en Córdoba.
Eso explica por qué su presencia incomoda. Un representante que puede hablar sin pedirles permiso a las casas políticas tiene la capacidad de cuestionarlas, exigir respuestas y mostrar que existen otros caminos.
Ballesteros representa el martillo que empieza a golpear la roca del sistema. Esa roca está hecha de poder acumulado, favores políticos y ciudadanos a quienes se les ha enseñado que necesitan un padrino para conseguir lo que debería ser un derecho.
Una roca así no se rompe de un solo golpe. Se va agrietando con cada comunidad que se organiza, cada ciudadano que pierde el miedo y cada voto que deja de estar amarrado a una maquinaria. Ese es el cambio que puede construir el Pacto Histórico en Córdoba.
Y cuando la roca empieza a ceder, quienes quieren conservarla buscan romper el martillo.
El blanco de los ataques es su autoridad moral: la confianza que la gente tiene en él. Porque un representante al que el pueblo escucha puede denunciar, convocar y organizar. Si consiguen desacreditarlo, también debilitan el proyecto que representa.
Ahí está el daño de las falsas acusaciones: sembrar dudas, repetir rumores y presentar insinuaciones como si fueran hechos demostrados. Se busca que la gente termine diciendo “todos son iguales” y pierda la esperanza de cambiar las cosas.
Pero la ciudadanía debe hacerse otra pregunta: ¿por qué ese mismo empeño no se dirige hacia quienes han heredado el poder y las alianzas de las casas políticas tradicionales? ¿Por qué no se examina con la misma insistencia su responsabilidad en los problemas que Córdoba arrastra desde hace décadas?
El departamento necesita respuestas sobre el agua que no llega, la energía que no se puede pagar, las oportunidades que faltan y las comunidades que siguen esperando. Cuando la conversación pública se llena de chismes personales, esas preguntas quedan relegadas. Y quienes deberían responder por ellas salen beneficiados.
Nuestra lectura política es clara: Ballesteros está recibiendo la carga de la resistencia de un sistema que quiere conservar su poder. Su crecimiento demuestra que una parte del pueblo está buscando una representación propia, capaz de enfrentar a la política tradicional.
Por eso la defensa de este proyecto debe ir más allá de responder cada ataque. Hay que explicar qué está en juego, exigir pruebas frente a las acusaciones y seguir trabajando con coherencia. La confianza ciudadana se fortalece dando la cara y cumpliendo la responsabilidad de representar al pueblo.
El martillo tampoco es un solo hombre. Detrás de él hay campesinos, trabajadores, mujeres, jóvenes y comunidades que quieren una Córdoba distinta. Su fuerza depende de que ese pueblo permanezca organizado.
Quieren romper el martillo porque temen que la roca siga cediendo. Pero cada ciudadano que entiende lo que ocurre y decide participar libremente abre una nueva grieta.
Esa es la disputa de fondo: si Córdoba seguirá bajo el dominio político de los mismos de siempre o si su pueblo podrá construir y sostener una alternativa propia.
