Crónica de : Jhon Jaiver Flórez G
Todo proyecto político que desafía las estructuras tradicionales del poder atrae inevitablemente a dos tipos de personas: quienes llegan impulsados por convicciones y quienes llegan atraídos por las oportunidades. Este gobierno no ha sido la excepción.
Desde el primer día aparecieron personajes que jamás participaron en las luchas sociales, que nunca defendieron las causas del progresismo y que, paradójicamente, provenían de los mismos sectores políticos que durante décadas administraron el país mediante prácticas clientelistas y corruptas. De repente descubrieron una inesperada vocación transformadora. Algunos encontraron en el cambio una lavandería para su pasado político; otros, un nuevo vehículo para conservar privilegios con diferente pintura y un eslogan renovado.
La historia enseña que cuando un proyecto alternativo alcanza el poder, no tardan en aparecer los especialistas en tomarse la foto. Son expertos en ubicarse cerca de las cámaras, aunque bastante menos hábiles para acercarse a la ciudadanía. Su presencia es permanente en los eventos públicos, pero sorprendentemente escasa en las calles, los barrios y los territorios donde realmente se libran las disputas políticas.
Se trata de una curiosa especie de dirigentes: hablan cuando el aplauso está garantizado, guardan silencio cuando se necesita valentía y desarrollan una misteriosa invisibilidad cuando llega la hora de asumir riesgos. Parecen padecer una extraña alergia al trabajo político de base, aunque muestran una salud admirable cuando se trata de ocupar cargos, inaugurar oficinas o posar para una fotografía institucional.
La campaña de Iván Cepeda representa hoy una prueba de coherencia para quienes afirman defender las transformaciones democráticas que reclama una parte importante del país. Porque no basta con declararse progresista en entrevistas, publicaciones o discursos cuidadosamente calculados. La lealtad política no se mide por las consignas que se repiten ni por los comunicados que se comparten, sino por la disposición a trabajar cuando las circunstancias exigen compromiso, esfuerzo y presencia.
Mientras miles de militantes recorren barrios, organizan reuniones, enfrentan campañas de desinformación y sostienen debates públicos, algunos dirigentes parecen haber adoptado una estrategia diferente: esperar cómodamente a que otros hagan el trabajo. Son los pasajeros de lujo del proceso político. No reman, no navegan y rara vez ayudan a construir la embarcación, pero siempre encuentran un asiento privilegiado cuando llega el momento de repartir reconocimientos.
La política necesita menos espectadores disfrazados de protagonistas y más personas comprometidas con las causas que dicen defender. Necesita menos administradores de su propia imagen y más constructores de organización popular; menos coleccionistas de cargos y más servidores públicos.
La historia vuelve a colocarnos frente a una realidad ineludible: el momento es ahora. No vamos a conquistar una nueva victoria presidencial limitándonos a reenviar publicaciones en redes sociales, repitiendo información que todos conocen o intentando convencer únicamente a quienes ya están convencidos.
La tarea verdadera está en las calles, en los barrios, en los corregimientos, en las veredas y en los caminos del país profundo. Allí donde las redes sociales no sustituyen la conversación cara a cara; allí donde la política sigue dependiendo de la capacidad de escuchar, persuadir y construir confianza.
Es hora de que senadores, representantes, diputados, concejales, funcionarios y contratistas que hoy disfrutan de los beneficios del gobierno salgan a trabajar hombro a hombro con la gente que, muchas veces con enormes sacrificios y recursos limitados, lleva años sosteniendo este proyecto político. No es razonable que el peso de la movilización recaiga siempre sobre los mismos mientras otros esperan cómodamente los frutos de una cosecha que no ayudaron a sembrar.
Las transformaciones profundas nunca han sido obra de quienes esperan que la corriente los lleve suavemente hasta la orilla. Son el resultado del esfuerzo de quienes reman incluso cuando las aguas se vuelven turbulentas.
Y la historia, que suele tener mejor memoria que los discursos, termina distinguiendo entre quienes estuvieron presentes cuando la causa los necesitó y quienes aparecieron únicamente cuando llegó la hora de reclamar recompensas. Porque las victorias populares no ocurren por obra y gracia de la fortuna ni por milagros electorales. Son el resultado del trabajo colectivo, de la organización y del compromiso de quienes entienden que los cambios verdaderos no se heredan: se construyen.


