Opinión: El error de no escuchar el cambio.

Opinión: El error de no escuchar el cambio.

Opinión de: @aguapanelasoy

Las elecciones suelen explicarse desde los nombres de los candidatos, pero muchas veces los resultados tienen causas más profundas. Lo ocurrido en esta campaña parece responder menos al carisma individual de los aspirantes y más a una transformación silenciosa dentro del electorado que varios sectores políticos no supieron interpretar.

Durante meses, buena parte del debate público estuvo concentrado en las disputas tradicionales entre izquierda y derecha, mientras que en las bases sociales comenzaban a surgir señales de inconformidad que no encajaban completamente en esas categorías. Muchos votantes dejaron de actuar por lealtad partidista y empezaron a hacerlo por percepción de liderazgo, autonomía y capacidad de representar sus preocupaciones concretas.

Uno de los principales errores del progresismo fue asumir que determinados sectores del electorado permanecerían inmóviles o que los cambios dentro de la derecha no tendrían consecuencias significativas. La política contemporánea demuestra lo contrario: los votantes cambian, migran y reconfiguran sus preferencias con mayor rapidez que las estructuras partidistas.

La campaña pareció enfocarse en responder a sus adversarios tradicionales mientras descuidaba la observación de los movimientos que estaban ocurriendo dentro de otros espacios políticos. Allí se produjo una redistribución de apoyos que terminó favoreciendo a figuras que lograron interpretar mejor el momento electoral.

Los resultados obtenidos por Abelardo de la Espriella no pueden entenderse únicamente como un crecimiento personal o como una simple suma de respaldos partidistas. Reflejan también la existencia de un segmento de ciudadanos que buscaba una alternativa distinta a las opciones que dominaron la conversación política durante los últimos años. Ignorar ese fenómeno llevó a muchos analistas y estrategas a subestimar su desempeño.

Las campañas exitosas suelen ser aquellas que comprenden los cambios antes de que estos se hagan evidentes en las urnas. Las derrotas, por el contrario, suelen producirse cuando los equipos políticos siguen leyendo un país que ya no existe. En esta elección parece haber ocurrido lo segundo.

Más allá de quién resulte vencedor en las siguientes etapas del proceso electoral, la principal lección es clara: ningún movimiento político puede dar por sentado a los votantes. Las identidades partidistas siguen existiendo, pero ya no tienen la capacidad de ordenar por completo el comportamiento electoral. Las personas cambian de preferencias cuando sienten que sus preocupaciones no están siendo escuchadas.

La política actual exige menos certezas y más capacidad de observación. Quien ignore los desplazamientos del electorado corre el riesgo de descubrir demasiado tarde que la elección se estaba definiendo en un lugar distinto al que estaba mirando.

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