En territorios controlados por grupos narcoparamilitares y guerrilleros, Abelardo De La Espriella arrasó en primera vuelta.

En territorios controlados por grupos narcoparamilitares y guerrilleros, Abelardo De La Espriella arrasó en primera vuelta.

El candidato de ultraderecha obtuvo victorias contundentes en departamentos con fuerte presencia del ELN y disidencias de las FARC, contradiciendo narrativas sobre presión armada favorable a la izquierda.

Los resultados de la primera vuelta presidencial en Colombia dejaron una tendencia que sacudió el análisis político: Abelardo de la Espriella no solo ganó en territorios históricamente dominados por grupos armados ilegales, sino que lo hizo de manera aplastante. La cifra más reveladora se registró en Norte de Santander, uno de los departamentos con mayor presencia del ELN y de las disidencias de las FARC en el país.

Abelardo De La EspriellaIván Cepeda
519.161 votos — 70,61%128.091 votos — 17,42%

Norte de Santander · Diferencia superior a 390.000 votos

La magnitud de la diferencia —más de 390.000 votos entre el primero y el segundo lugar— convierte a Norte de Santander en un caso de estudio inusual. El departamento, escenario de confrontación permanente entre el ELN, disidencias de las FARC y estructuras del crimen organizado en la región del Catatumbo, votó de forma masiva por el candidato asociado con la mano dura frente a los grupos armados.

Los números, sin embargo, plantean una pregunta incómoda para quienes durante la campaña sostuvieron que los grupos armados ilegales presionaban a la población civil para votar por Iván Cepeda. Si esa narrativa fuera cierta, Norte de Santander —con presencia activa del ELN y las disidencias de las FARC en el Catatumbo— debería haber arrojado resultados diametralmente distintos. En cambio, el 70,61% de los votos fue para De la Espriella, con una diferencia de más de 390.000 sufragios. Una ventaja de esa magnitud no se explica por la abstención ni por el miedo: es expresión de una voluntad mayoritaria y contundente.

Los hechos electorales en las zonas de conflicto dejan al descubierto la fragilidad de esa narrativa. Si los grupos armados tenían la capacidad y la voluntad de torcer el voto a favor de Cepeda en sus territorios, los resultados demuestran que o no lo intentaron, o fracasaron de forma estrepitosa. Cualquiera de las dos lecturas debilita el argumento. Lo que las urnas registraron en Norte de Santander y en otras regiones marcadas por el conflicto no fue un voto coaccionado: fue, según los datos, una derrota política clara del candidato que supuestamente debía beneficiarse de esa presión.

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